Rincón Literario

Cuento del Dr. Heriberto Pérez

Octubre 2024 | Consigna LA VACA

¿Por qué la composición era siempre sobre “La vaca”?

Realmente no sé porqué. Pero este asunto me hizo preguntarme qué es una composición. Para obtener una respuesta, consulté el Diccionario de la RAE, Edición Tricentenario, Actualización 2018. (A propósito, una digresión: ¡cómo trabajan estos buenos señores de la Real Academia! Imagínense. Dice el tal diccionario “Actualización 2018”… ¿Estarán ya por publicar la “actualización 2019”? Ya bastante faena parece que tienen con lo del lenguaje inclusivo: que sí… que no…que lo aceptamos… que lo rechazamos…)Vuelvo al tema. La palabrita composición –del latín compositio /compositionis- tiene nada menos que… ¡13 acepciones! Imagino a los ilustres académicos de número, buscando y rebuscando todos los significados, alcances y expresiones de cada una de las palabras de su celebérrimo Diccionario. ¡Menudo trabajo! No vislumbro al egregio Mario Vargas Llosa, ya más que ochentón, haciendo esa doméstica tarea. Puede que Pérez Reverte, que es más joven, olvide por algunos días a sus personajes, el Capitán Alatriste o Falcó, y pueda ponerse a escudriñar acepciones.Vuelvo al tema por segunda vez y prometo no irme más por las ramas. La cuarta acepción de la palabra “composición”, en el Diccionario mencionado, respondió a mi inquietud. Dice:
Escrito en que un alumno desarrolla un tema dado, para ejercitar su dominio del idioma, su habilidad expositiva, su sensibilidad literaria, etc.
Entonces me surge una pregunta: poner siempre a la vaca como tema de una composición, ¿ejercitará la habilidad expositiva y la sensibilidad literaria de un alumno de ciudad, cuando el pobre sólo ha visto a la vaca en alguna página del Billiken, en un atestado camión de transporte de ganado o, ya muerta y descuartizada,luciendo sus bondades en el mostrador de alguna carnicería? Y si el colegial es de alguna escuelita rural, ya aburrido de ver vacas, ¿no merecería redactar algo sobre otro tema, menos tradicional para él?Debo manifestar que nunca, realmente nunca, en mis años de escuela primaria, se me propuso este asunto. Tal vez porque fui a un colegio de curas y parece que lo de la vaca como trama de un escrito escolar es privativo de las maestras, no así de aquellos hombres de sotana. Ellos dictaminabanque escribiéramos sobre la familia o acerca de alguna festividad religiosa o buscando material en las virtudes de algún santo. Y, al volver de vacaciones, por ejemplo, era inexorable que nos hicieran escribir sobre “¿Cómo pasé el verano?” Pero hablar de vacas, no estaba en sus planes…

Para que no quede incompleta esta hoja de papel y, en buena parte, en blanco (¡terror del escritor!), permítanme escribir algunas greguerías. Lo hago, pidiendo perdón a don Ramón Gómez de la Serna, inventor de esos aforismos. Definió la greguería como “sentencia ingeniosa y breve que surge de un choque casual entre el pensamiento y la realidad”. Aquí van algunas de ellas, inspiradas en el tema que nos ocupa:

• La vaca tiene una mirada triste. Es que adivina su destino de “plato del día”.
• La vaca camina descalza mientras nosotros lo hacemos calzados con su cuero.
• Siempre hay “un aplauso para el asador”, pero nunca un reconocimiento para la vaca.
• Sin duda, la vaca tiene un sitio en el altar de los veganos. Es su santa patrona.
• Hay vacas que lamentan no vivir en la India: aquí las matan; allá son sagradas.
• La inseminación artificial terminó con los eróticos placeres de las vacas.
• La vaca, modelo de gordura: Quién no oyó a alguna dama decir “¡estoy hecha una vaca!”
• Apreciemos la generosidad de la vaca: hasta su bosta sirve de abono.

• Las vacas premiadas en la Exposición Rural, son la fiesta de la oligarquía bovina.

CEMEJU NORTE/ HERIBERTO PÉREZ


Cuento del libro «Cuentos para pensar» del Dr. Mario Salvador Bisaccio 

Octubre 2024 | «AFERRADA A UNA ILUSION»

Era una tarde calurosa de fines de Octubre, estaba cursando una materia, Tisiología, en el Hospital Muñiz, en el pabellón recubierto de vidrios color azul morado o violeta, donde estaban internados los enfermos de tuberculosis.
Habíamos terminado la revista de la sala con el profesor, quien nos hacía auscultar los enfermos y nos mostraba las placas radiográficas.
Al final de la sala había una pequeña terracita, desde donde se tenía una buena vista de Barracas. Siempre al terminar la clase iba a la terracita, porque desde ese lugar miraba en sentido opuesto, al que hacía cuando era niño y concurría a la casa de una tía que vivía en el barrio ferroviario. Desde la ventana del primer piso tenía una amplia vista de Barracas, no limitada como ahora por edificios altos. Me encantaba ver la playa ferroviaria de cargas, Sola el Hospital Muñiz, con su largo paredón blancuzco desteñido de más de tres metros de alto, el Instituto Malbrán con su tanque de agua de un estilo único en su diseño, el típico tanque de acero brillando al sol de la General Motors, el gasómetro, la cancha de Huracán, tenía una especial atracción para mi esa imágen antigua de Barracas, quedó en mi retina durante muchos años.
Esa tarde habíamos visto casos terminales, en la cama veinte no estaba la enferma, había salido momentáneamente, el profesor nos mostró las placas, se observaban enormes cavernas en los pulmones, esta mujer no tiene un mes de vida, pero tiene gran optimismo, creo que eso es lo que todavía la mantiene viva.
Era la última clase, al salir fui para la terracita para dar una última mirada a mi vista preferida. Ahí me encontré con una mujer que también estaba contemplando el barrio, sería de treinta años, alta, bien vestida con tacos altos, cabellos oscuro largo, labios pintados de un rojo intenso, ojos grandes de mirada triste, que se iluminaron al verme. Inició una conversación, me dijo que le gustaba bailar, le gustaba la noche. Creía que en menos de quince días le daban el alta, lo primero que iba a hacer era ir a bailar, con voz seductora me preguntó si no le gustaría bailar con ella, que era muy buena bailarina de tango. Me excusé diciéndole que no, porque venían los exámenes finales y tenía mucho que estudiar.
Al retirarme sentí una enorme tristeza, era la enferma de la cama veinte, hasta hoy recuerdo su cara.

CEMEJU VIVENTE LOPEZ / SAN ISIDRO


EL YAGUARETÉ

La ONG Red Yaguareté informaba hace unos 4 años que quedaban en nuestro país unos 250 ejemplares, repartidos en las yungas de Salta y Jujuy, la región chaqueña y la selva misionera. Gracias a esa ONG y a otras, como Vida Silvestre, ha aumentado algo la población de yaguaretés, reubicados algunos de ellos en áreas protegidas.

Somos pocos, nos han exterminado… Distinguen con unos pocos nombres (Pantera onca, jaguar o tigre americano) a los yaguaretés del guaraní bravío. Llámennos como quieran, somos todos hermanos pero quedamos pocos, gracias a los hombres. Como espíritu errante, ahora contemplo mi propio cuerpo, que yace embalsamado gracias al dueño de una certera bala. Soberbio, el hombre abatió mi masa, pero incapaz fue de matarme el alma. Soy el andariego espectro que observa mis mismos restos, allí preservados. En otros tiempos, incansables, poderosos, recorríamos planicies y espesuras, nadábamos en aguas de ríos caudalosos, retozábamos en selvas y en llanuras… Alguna vez, en el Delta, di nombre a un río. Ahora somos pocos: sobrevolé la selva misionera y la chaqueña fronda impenetrable, nadé en las aguas de correntinos humedales, sobre bosques y florestas he planeado, avancé bordeando los lodazales del Paraná y del Bermejo los esteros. No vi yaguaretés, ni en desiertos ni en juncales. Especie en extinción nos han llamado. Primero, nos golpearon los desmontes, después, la ambición de exploradores que ensangrentaron con sus rifles, los montes, para lucir los jaguares que habían cazado. Muy rara vez atacamos a algún hombre. Tan sólo fue al estar acorralados. ¿Por qué entonces mostrarnos esa saña? ¿Por qué han sido ustedes despiadados? Somos pocos, nos han exterminado…

Dr. Heriberto Pérez | Presidente de CEMEJU NORTE


LA FUERZA DE LA GRAVEDAD

Isaac Newton y su amigo William Sturkeley conversaban animadamente mientras tomaban el té con británica puntualidad. Estaban sentados bajo la sombra de un manzano que el científico tenía en su jardín de su casa, cuando una suave brisa desprendió uno de los frutos y lo hizo caer.

“¿Por qué esa manzana siempre desciende perpendicularmente hasta el suelo?”, preguntó Isaac Newton a su amigo.

“¿Cómo quieres que lo sepa?, replicó William, mientras recogía la manzana, la frotaba con su pañuelo de fino hilo y le hincaba el diente.

La anécdota es conocida. Obviamente desde la remota antigüedad se sabía que las cosas caen. Pero el “cómo” caen, eso lo descubrió el gran físico inglés. Y dio una serie de fórmulas que permiten saber de qué manera caerá un objeto en un campo gravitatorio y por qué un cuerpo atrae a otro.

Si en lugar de ver caer la manzana en su casa allá por el siglo XVII, el bueno de Sir Isaac viviera en estos tiempos, quizá podría yo preguntarle si la famosa fuerza de la gravedad no podría suspenderse. Me gustaría poder hacerlo, no en forma definitiva porque ¡ojo!, en tal caso andaríamos todos flotando indefinidamente en el aire, con vaya a saber qué irreparables consecuencias… Lo que me interesaría, en verdad, es que el ser humano tuviese la facultad de frenar tal fuerza brevemente, en algunas circunstancias de su diario vivir.

Doy un ejemplo personal: para algunas de mis dolencias -pocas para mi edad, gracias a Dios- debo ingerir en ayunas tres medicamentos. Para ello, tengo preparado un pastillero y un vaso con agua en mi mesa de luz. No conozco las razones por las que la industria farmacéutica hace cada vez más diminutas las grageas, pero INDEFECTIBLEMENTE, cuando me dispongo a ingerirlas, el más pequeño de los comprimidos cumple la ley de gravedad. Cae al piso y, la mayoría de las veces, desaparece de mi vista gracias a la perfecta redondez de su diminuta contextura, que facilita su rápido desplazamiento.

Primer problema: averiguar dónde diablos fue a parar el comprimido. Si con un golpe de vista no lo veo, me formulo la pregunta: “¿Y si me fijo debajo de la cama?” En muchas oportunidades suele estar allí. Segunda dificultad: tratar de rescatarlo. No es fácil a mis años y con mis gastadas articulaciones, ponerme en cuatro patas y, con ayuda de la linterna del celular, tener éxito en la búsqueda. Es mi esposa la que lo hace y me saca del aprieto. Si sólo por breves minutos fuera factible limitar la bendita fuerza gravitatoria en circunstancias como la que he referido, yo sería un hombre muchísimo más feliz.

Dr. Heriberto Pérez | Presidente de CEMEJU NORTE